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EL CULTO VERDADERO

El Evangelio de este domingo (Jn 2,13-22) nos relata que, habiendo ido Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua de los judíos, encontró en el templo a los vendedores de animales y a los cambistas y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo diciendo: «no conviertan en un mercado la casa de mi Padre». Para entender este episodio debemos tener en cuenta que, según la ley de Israel, el templo de Jerusalén era el único lugar en el que se podía ofrecer sacrificios a Dios y que, según las normas cultuales de la época, los animales que se ofrecían en sacrificio tenían que ser sin defecto. Por eso, había personas que vendían estos animales para que fueran entregados a los sacerdotes y estos los sacrificaran a favor de los oferentes. Hemos de tener en cuenta, también, que al templo de Jerusalén llegaban muchos judíos que vivían en otros lugares y que las monedas que traían eran consideradas impuras, razón por la cual tenían que cambiarlas por las monedas que se aceptaban en pago del tributo debido al templo. Podemos decir, entonces, que la venta de los mencionados animales y monedas era parte normal del culto judío de la época de Jesús.

¿Por qué, entonces, Jesús los expulsó de esa manera? Porque, mientras el templo debía ser un lugar de oración, lo habían convertido en un mercado, un lugar en el que no sólo se compraban y vendían animales y monedas, sino que también muchos lo usaban para pretender entablar una relación comercial con Dios: le ofrecían en sacrificio animales y pagaban el tributo, para que a cambio Dios hiciera algo a favor de ellos. Como hace unos años dijo el Papa Francisco comentando este pasaje del evangelio, el gesto y las palabras de Jesús «nos ayudan a rechazar el peligro de convertir también nuestra alma, que es la casa de Dios, en un lugar de mercado, que viva sujeta a la continua búsqueda de nuestro interés…especialmente cuando se instrumentaliza a Dios mismo y el culto que se le debe a Él» (Angelus, 4.III.2018).

Así pues, en el episodio que estamos comentando, Jesús hizo un signo profético a través del cual anticipó el nuevo culto a Dios que Él mismo había venido a inaugurar. De hecho, cuando los judíos le preguntaron con qué autoridad lo había hecho, pues Jesús era un simple peregrino que no tenía ninguna función en el templo, les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo levantaré», haciendo referencia, todavía de modo velado, a lo que harían con Él: destruirían su cuerpo en la cruz y al tercer día resucitaría. De esta manera, como explicó el Papa Benedicto XVI: «Con la Pascua de Jesús se inicia un nuevo culto, el culto del amor, y un nuevo templo que es Él mismo, Cristo resucitado» (Angelus, 11.III.2012). Ya no necesitamos ofrecer a Dios el sacrificio de animales, porque Jesús, que se ha ofrecido en sacrificio por nosotros, «es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Y si en el Antiguo Testamento el lugar por excelencia de la presencia de Dios era el templo de Jerusalén, ahora tenemos un templo no hecho de piedras: el cuerpo de Jesucristo resucitado, en el cual los cristianos somos injertados como piedras vivas para adorar a Dios en espíritu y en verdad, con las buenas obras de nuestra vida cotidiana.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa
9.XI.2025