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Por la salvación del mundo

“Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo”. Con estas palabras de su mensaje para la Cuaresma de este año, el Papa Francisco nos recuerda dos aspectos fundamentales de la misión de nuestro Señor Jesucristo: la salvación del mundo a través de su muerte y resurrección, y la creación de la Iglesia para asociarla a Él en esa obra de salvación.

Como profesamos en el Credo, Jesucristo “por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del Cielo…y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato”. Por pura gracia hemos sido salvados (Ef 2,8). La salvación es un don. Lo dice el mismo Jesús: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna; porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Jesús nos ha salvado cargando con nuestros pecados y dejándose clavar en la cruz por nosotros. “Él no nos salva desde lo alto, con una decisión soberana o un acto de fuerza o un decreto. Él nos salva viniendo a nuestro encuentro…bajando, haciéndose cargo” (Francisco, Angelus, 10.I.2021). Recorrer el camino cuaresmal a la luz del misterio pascual de Cristo hace posible, como dice el mismo Papa en su mensaje para esta Cuaresma, que “renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el ‘agua viva’ de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios”. De esa manera la Cuaresma puede ser, realmente, un tiempo de conversión. Tiempo de reconocer, con arrepentimiento y contrición, nuestra realidad de pecado, pero también tiempo de abrirnos al amor gratuito de Dios, que “satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona” (Francisco, Homilía, 6.I.2021).

El encuentro salvífico con Dios hace que brote en nosotros el mismo deseo que movió a Jesús a dar su vida por la salvación del mundo: hacer la voluntad del Padre, que es que ninguno se pierda sino que todos los hombres se salven (Jn 6,39; 1Tim 2,4). Y para ello, Dios cuenta con los cristianos. La Iglesia no es un fin en sí misma. Es el medio que Dios ha creado para que la salvación de los hombres, realizada en el misterio pascual de Cristo, llegue hasta los últimos confines de la tierra de generación en generación. La vida de todo cristiano es misión. Una misión que, como nos lo recordó el Papa hace unas semanas, no se realiza “a través de los poderosos medios de los imperios de este mundo” sino mediante el anuncio del Evangelio y el testimonio de vida con el mismo método usado por Dios: “hacerse prójimo del otro, encontrarlo, asumir su realidad y llevar el testimonio de nuestra fe cada uno…como testigos de los tesoros de infinita bondad y misericordia que el Redentor ofrece gratuitamente a todos” (Angelus, 6.I.2021). Acoger la salvación de Dios y llevarla a los demás es, en síntesis, la finalidad para la cual nos prepara la Cuaresma. No hay tarea más importante en este mundo.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa