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Con el primer domingo de Adviento, este 29 de noviembre comenzamos un nuevo año litúrgico, ocasión propicia para volver a celebrar juntos la Misa en el templo que es la casa de Dios y la casa de la comunidad. La pandemia del COVID-19 nos lo ha impedido desde el 16 de marzo, más de ocho meses. Ahora que el coronavirus está más controlado, debemos aprovechar para hacerlo, tomando por cierto todas las precauciones del caso. Así podremos volver a experimentar la potencia salvífica del misterio pascual de nuestro Señor Jesucristo, que se actualiza en el hoy de la comunidad reunida en la Misa, y la verdad de sus palabras: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Como enseña el Concilio Vaticano II, Dios “quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituyendo un pueblo…el nuevo Pueblo de Dios” (LG, 9). Así, desde sus inicios la Iglesia se ha reconocido como una comunidad de personas, signo visible de la comunión que une a la Santísima Trinidad, y en cuanto le fue posible comenzó a construir lugares para reunirse a escuchar la Palabra de Dios, rezar, celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos. Nada más ajeno a los cristianos que el aislamiento o el individualismo. Por eso, ha sido muy duro tener que cerrar los templos varios meses y que la gran mayoría del Pueblo de Dios pase un largo ayuno eucarístico. Los obispos nos vimos obligados a tomar esas medidas sólo para proteger la salud de los fieles y cooperar en el bien común de la sociedad afligida por la pandemia que ha ocasionado tanta muerte y desolación. Al mismo tiempo, pedimos a los sacerdotes que no descuidasen la atención de los fieles, especialmente de los enfermos, y que aprovechasen los medios de comunicación y las redes sociales para llevar a todos la Palabra de Dios y transmitir la Santa Misa, como en general se ha hecho.

Sin embargo, como hace unos meses dijo el Papa Francisco, Jesucristo no ha querido fundar una comunidad virtual. Su entrega en la Cruz tampoco fue virtual sino física. Ninguna transmisión a través de una pantalla es equiparable a la participación presencial en la Misa y, salvo para los enfermos o impedidos, tampoco la puede sustituir. El encuentro personal con los miembros de la comunidad y la recepción sacramental del Cuerpo y Sangre de Cristo son indispensables para la vida cristiana. Por eso, he pedido a todos los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis de Arequipa que a partir de este domingo vuelvan a celebrar la Misa con presencia de fieles, siguiendo para ello el protocolo de bioseguridad que la Conferencia Episcopal Peruana ha consensuado con el Ministerio de Salud, el mismo que pido a todos que cumplan a cabalidad. Sigamos cuidándonos y cuidando a los demás, recordando que la vida en este mundo es importante, pero sin olvidar que mucho más importante es nuestra salvación eterna y que para alcanzarla necesitamos participar en la vida de la comunidad y, sobre todo, recibir la gracia de Dios a través de los sacramentos y en especial de la Eucaristía.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa