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La justicia del amor

El Bautismo del Señor, con cuya fiesta este domingo concluimos el tiempo de Navidad, marca el inicio de la vida pública de Jesús y anticipa la misión para la que su Padre lo envió a este mundo. Los evangelios nos relatan el acontecimiento: “se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán” (Mc 1,4-5). Y he aquí que, entre la multitud, está Jesús. El hijo de Dios, el que jamás cometió pecado, se pone en la fila de los pecadores, como un primer signo de que Dios no sólo no nos rechaza porque somos pecadores sino que, en Jesucristo, viene a buscarnos. De hecho, es una de las acusaciones que un tiempo después le harán los escribas y fariseos: “Este acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2). Y, años más tarde, san Pablo dará testimonio: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tm 1,15).

Juan, que sabe quién es Jesús, se resiste a bautizarlo; pero Jesús le insiste diciendo “Conviene que así cumplamos toda justicia” (Mt 3,15). Con esta frase, que puede sonar enigmática, Jesús revela que su misión no se limita a buscar a los pecadores para hablarles de Dios, darles algunas normas de conducta y animarles a cambiar de vida, sino que Él viene a implantar la justicia en este mundo. Pero no la justicia humana, que siempre es limitada, sino la justicia divina que se llama misericordia y que es la única capaz de cambiar lo profundo del ser del hombre, transformándolo de pecador en santo. Jesús implanta esta justicia cargando con nuestros pecados y dejándose crucificar por nosotros, “para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos” (Hb 2,14-15). Al ser bautizado en las aguas del Jordán, Jesús anticipa a través de un signo su posterior entrada en las aguas de la muerte para liberarnos de la esclavitud del pecado, haciéndonos justicia contra nuestro adversario, el diablo, que a través del pecado nos había robado la grandeza de la santidad para la cual Dios nos ha creado.

Con toda razón, entonces, dice san Pablo que Cristo se ha hecho para nosotros “justicia, santificación y redención” (1Cor 1,30), porque no sólo perdona nuestros pecados, sino que, a través del bautismo y los demás sacramentos de la Iglesia, nos envía el mismo Espíritu Santo que descendió sobre Él al salir de las aguas del Jordán y, de esa manera, nos hace partícipes de su vida divina, es decir de su santidad, y nos capacita para entrar en el Reino de los Cielos. El bautismo no sólo es la puerta de entrada a la Iglesia. Es el nuevo nacimiento al que se refirió Jesús cuando le dijo a Nicodemo que “el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). Mediante el bautismo, entramos sacramentalmente con Cristo en la muerte, para también resucitar con Él. Y, como dice san Juan: “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos” (1Jn 3,14). Es la justicia del amor. Es el cristianismo.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa