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La identidad arequipeña

El 15 de agosto se han cumplido 482 años de la fundación española de Arequipa. Como todos los años, hemos celebrado la Misa Te Deum en la Catedral, para dar gracias a Dios por los dones que día a día nos da y, en especial, por nuestra identidad arequipeña. Le hemos dado gracias también por tener a Jesús, el Señor de la Caridad, como patrono de nuestra ciudad, y a la Virgen María, la Asunta al Cielo, como Madre nuestra. Su permanente compañía nos permite vivir con serenidad el presente y mirar con esperanza el futuro, ya que sabemos que estamos en buenas manos y que siempre hemos contado con su amor y protección.

En la Misa Te Deum también hemos pedido por todos los que formamos parte de esta ciudad y de esta región, así como por nuestras autoridades, para que el Señor nos ayude a trabajar unidos por el bien común e ilumine a nuestros gobernantes de modo que, entre todos, podamos cooperar para que el Perú supere la difícil etapa que está atravesando y que está marcada por una crisis pluridimensional. En efecto, a la crisis sanitaria ocasionada por la pandemia del covid-19 se han unido la crisis económica y, sobre todo, aquella política. Tenemos, pues, muchos problemas, antiguos y nuevos, por resolver. Por ejemplo, la pobreza que ha aumentado notoriamente los últimos años y afecta a millones de hermanos nuestros, la inseguridad ciudadana, la corrupción en altas esferas del sector público, el alto índice de informalidad, la falta de comunión y trabajo en conjunto de algunas de nuestras autoridades, y un largo etcétera.

Estos problemas ponen de manifiesto que el bienestar de una ciudad, región o nación requiere de un desarrollo humano integral que tome en cuenta al hombre en su totalidad de cuerpo y alma. Muchos de nuestros problemas tienen su origen justamente en la falta de una adecuada comprensión de la naturaleza humana, que lleva a preocuparse solamente por los aspectos materiales de nuestra existencia y a olvidarse de los aspectos espirituales, como son las virtudes y valores que corresponden a nuestra realidad de seres creados para vivir eternamente: la honestidad, la solidaridad, la reconciliación, el amor a Dios y al prójimo.

Sin amor quedamos encerrados en nuestro egoísmo y condenados a buscar cada uno su propio interés, atentando así contra el verdadero desarrollo humano integral. Movidos por el amor, en cambio, seremos capaces de elaborar un proyecto de vida común y de trabajar juntos por sacarlo adelante. Por ello, es preciso que no nos dejemos engañar por lo que el Papa Francisco ha llamado la “cultura del descarte”, que nos lleva a desestimar el valor de la vida humana y de aquellas personas que nos parecen inútiles, especialmente los niños, los enfermos y los ancianos. Por el contrario, hemos de trabajar por una “cultura del encuentro” que nos haga capaces de superar celos, envidias y rivalidades. En otras palabras, hemos de custodiar nuestra identidad arequipeña que siempre se ha caracterizado por la fe católica que impulsa la ayuda mutua y la responsabilidad por todo aquello que es nuestro.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa