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Promesa cumplida

Con el acontecimiento de Pentecostés, que celebramos este domingo, la Pascua de nuestro Señor Jesucristo llega a su culmen con el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. Se cumple así lo que Dios había anunciado a través de los profetas y también Jesús prometió a sus discípulos en diversas ocasiones. Los testimonios de estos anuncios – promesa son numerosos en las Sagradas Escrituras. Por las limitaciones de espacio sólo citaré el de san Lucas que, al relatar la última aparición de Jesucristo resucitado a los apóstoles, dice que les ordenó que «aguarden que se cumpla la promesa del Padre, de la que me han oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días…y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1,4-5). Lo que sucedió diez días después, cuando estando ya Jesús en el Cielo, el Espíritu Santo descendió sobre ellos en el cenáculo. Y los apóstoles que, según relata uno mismo de ellos, habían estado ahí «con las puertas cerradas por miedo a los judíos» (Jn 20,19), de pronto pierden el miedo y salen a anunciar que: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos, y exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado [sobre nosotros]» (Hch 2,32-33).

Concluye así el proceso de fundación de la Iglesia, iniciado con la llamada de Cristo a los primeros discípulos, y comienza el tiempo de esa misma Iglesia, una y única fundada por Cristo y animada por el Espíritu Santo. Desde entonces y hasta el final de los tiempos, Cristo continúa a través de ella su misión de anunciar el Evangelio a todos los pueblos a fin de que, como Él mismo lo dijo, «el que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,16). Con esa finalidad, así como antes de que Jesús iniciara su vida pública el Espíritu Santo descendió sobre Él (Mt 3,16), en Pentecostés el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia y la capacita para la misión. La Iglesia es el cuerpo visible de Jesucristo resucitado y, al mismo tiempo, es templo del Espíritu Santo. Este Espíritu, que es la tercera persona de la Santísima Trinidad, rejuvenece constantemente a la Iglesia, la mantiene en comunión con el Padre y el Hijo, hace partícipes en la vida divina a los creyentes y es para ellos garantía de vida inmortal (cfr. Rom 8,11).

La Iglesia es misionera por naturaleza. Su misión consiste en anunciar el Evangelio a través de la predicación y hacerlo creíble a través de sus obras. Esto es posible por el Espíritu Santo que «es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial» (Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 21). El Espíritu Santo es quien infunde el ímpetu misionero en los cristianos; por eso, como nos lo recuerda constantemente el Papa Francisco, una Iglesia que no es misionera, que no vive «en salida», no es la Iglesia de Cristo. Pidámosle al Señor el don del Espíritu Santo para que, testificando en lo profundo de nuestro ser el amor de Dios para con nosotros, nos transforme en fieles discípulos misioneros de Jesucristo y llevemos la buena noticia del Evangelio ahí donde nos toque desenvolvernos.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa