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Vida en abundancia

Estamos en la tercera semana de Cuaresma, de este tiempo de gracia que Dios nos concede para prepararnos para la Pascua, es decir para participar y experimentar en lo profundo de nuestro ser el gran misterio de amor que es la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Como nos dice el Papa Francisco en su mensaje de este año, la Cuaresma es un tiempo favorable para la conversión, que no es una obra meramente humana sino que es un don de Dios. Ya san Agustín le pedía al Señor: «Conviérteme Señor y yo me convertiré», porque la fuente de nuestra conversión es el mismo Dios. Es el Espíritu Santo quien nos mueve internamente, transforma nuestro ser, cambia nuestra mentalidad y nuestra forma de vivir que, como también dice Francisco en su mensaje, con frecuencia está marcada por «la avidez y la soberbia, el deseo de tener, de acumular y de consumir». En este sentido, la conversión, que es un don de Dios, hace posible que descubramos que «hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35).

De ahí que, en el mensaje que estamos comentando, el Papa nos recuerde que durante la Cuaresma estamos llamados a responder al don de Dios, que hace posible la conversión, estando atentos a su Palabra, porque «la escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros» y «hace fecunda nuestra vida». Dios no nos ha creado para que vivamos una vida estéril, acumulando sólo para nosotros, viviendo únicamente en función nuestra y ofreciéndonos todo y a todos a nosotros mismos. El mismo Jesús lo dijo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10); y también: «Yo los he elegido y los he destinado a que den fruto, y un fruto que perdure» (Jn 15,16). El diseño de Dios para nosotros es la fecundidad, que tengamos una vida fecunda, colmada de la verdadera alegría, y esto se consigue aprovechando el tiempo presente para hacer el bien. Por eso, Francisco nos dice: «Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda»; y nos dice también que el «primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos». En efecto, hacer el bien nos hace bien.

Ahora bien, para dar ese fruto que perdure, al que se refiere Jesús, hace falta estar unidos a Él, como también lo dijo: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5). Como «todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos» (Jn 7,17), así también nosotros para dar fruto bueno necesitamos estar unidos al árbol bueno que es Jesucristo. De ahí la importancia de estar unidos a Él, en primer lugar escuchando atentamente su Palabra cuando se proclama en la Misa, pero también procurando escucharla cada día en medio de nuestras labores cotidianas. Por eso, en estos días de Cuaresma quisiera invitarlos a dialogar con el Señor a través de las Sagradas Escrituras, leyendo al menos algunos versículos de la Biblia cada día y respondiéndole con la oración.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa