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Mensajeros de esperanza

En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones que celebramos este domingo 24 de octubre, el Papa Francisco nos invita a recordar a aquellos hermanos nuestros, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que “han sido capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición”. Son decenas de miles los misioneros de ambos sexos, incluyendo familias enteras, que han partido a lugares lejanos, especialmente donde hay mayor escasez del clero o son zonas descristianizadas o cuyos habitantes todavía no han sido debidamente evangelizados. “Contemplar su testimonio misionero – nos sigue diciendo el Papa – nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia al dueño de la mies que envíe trabajadores para su cosecha (Lc 10,2), porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos”.

Francisco nos recuerda también que la misión no es tarea exclusiva de algunos elegidos sino que la Iglesia entera existe para evangelizar y, por el bautismo, todos los cristianos, cada uno a su manera, estamos llamados a convertirnos en mensajeros e instrumentos del amor de Dios para con los demás. “Urgen mensajeros de esperanza”, “los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos”, dice el Papa, porque “hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad o en la propia familia” que necesitan encontrarse con Jesucristo a través nuestro. No es una misión fácil, como tampoco lo fue en los inicios de la Iglesia. Así como los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y sufrieron muchas persecuciones, también hoy nos toca vivir en medio de un mundo neopagano, como dijo el Papa Benedicto XVI. Pero, al igual que en los primeros siglos, en la medida en que nos dejamos guiar por la fuerza del Espíritu Santo, también experimentamos que el Señor viene con nosotros, actúa incluso en medio de aparentes fracasos y hace fecunda nuestra vida (Francisco, Evangelii gaudium, 279).

Ahora bien, como también dice el Papa en su mensaje que estamos comentando, el impulso misionero no puede obtenerse como consecuencia de un mero razonamiento o de un cálculo, sino que es el fruto de un encuentro personal con el Señor: “Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído…aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones”. En síntesis, como escribió san Pablo, nos apremia el amor de Cristo que “murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos sino para Él que murió y resucitó por ellos”. Nuestro impulso misionero, nuestra cercanía y solidaridad con los que más sufren y nuestra capacidad para compadecernos de aquellos que cargan con los efectos del pecado y de las injusticias que el misterio de iniquidad obra en este mundo son la exteriorización más palpable de nuestro amor a Dios e infunde esperanza en cuantos nos rodean.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa