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El mes de los Milagros

Comenzamos el mes morado, el mes del Señor de los Milagros. Millones de peruanos por todo el mundo, y muchísimos hermanos nuestros que no son peruanos, dirigiremos nuestra mirada a la imagen del Cristo de Pachacamilla. Donde las normas lo permitan, se realizarán las tradicionales procesiones y visitas a esa bella imagen que nos hace presente el inmenso amor que Dios nos tiene y que llevó a Jesús a dar su vida por nosotros. Contemplar ese amor hace que nos sintamos pequeños, pobres, nos reconozcamos pecadores y brote de nuestro corazón el deseo de conversión, es decir de que Dios transforme nuestro “corazón de piedra en un corazón de carne” (Ez 11,19) y nos haga “santos e inmaculados ante Él por el amor” (Ef 1,4), capaces de amarlo a Él sobre todas las cosas y al prójimo como Jesús nos ha amado (Mt 22,37-40; Jn 13,34). Este es el gran milagro del mes morado: descubrir en Cristo crucificado la belleza del amor que transforma el mal en bien y nos revela el verdadero sentido de la vida.

Todos corremos el riesgo de no aceptar la lógica de la cruz, rechazar al verdadero Dios, débil y crucificado, y buscar sólo a un Dios fuerte que nos solucione los problemas y nos quite el sufrimiento. Pero, como hace poco ha dicho el Papa Francisco, “un cristianismo sin cruz es mundano y se vuelve estéril” (Homilía, 14.IX.2021). Esto no significa que esté mal pedirle a Dios ciertos favores o milagros que nos hagan la vida más llevadera. De hecho, Jesús mismo lo dijo: “vengan a mí, todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28); pero muchas veces ese alivio no es el que nosotros pretendemos sino la experiencia de encontrar a Dios allí donde se piensa que no puede estar: “en la angustia, en la oscuridad, en el abandono, en el escándalo de la propia miseria y de los propios errores”, como siguió diciendo el Papa en esa homilía. Para ello necesitamos detenernos a mirar a Cristo crucificado, abrirle nuestro corazón y dejarnos acoger por sus llagas abiertas por amor a nosotros.

Si hacemos esto, dice también Francisco, se realiza el gran milagro que todos necesitamos: “Si se ahonda la mirada en Jesús, su rostro comienza a reflejarse en el nuestro, sus rasgos se vuelven los nuestros, el amor de Cristo nos conquista y nos transforma”. Así, nuestra cruz, unida a la cruz de Cristo, ya no es más un instrumento de muerte sino que pasa a ser la fuente de una nueva forma de vivir: el amor humilde que no busca su propio beneficio sino dar la vida por los demás, que sabe perdonar las ofensas, que no sigue el camino de la doblez sino las huellas de Jesús (1Pe 2,21). Y entonces descubrimos que la cruz es el puente que nos une a Cristo, nos hace uno con Él en el pasado, el presente y el futuro, no con el poder del mundo sino con el poder de Dios que vence en nosotros el pecado y la muerte y nos hace partícipes de su vida inmortal y testigos de su amor ante quienes aún no lo conocen. Este es el gran milagro que Jesús quiere hacer en nosotros en este mes morado y, por eso, desde el silencio elocuente de la imagen del Señor de los Milagros, te pregunta: ¿quieres que haga en ti esta obra de vida eterna?

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa