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María: El fruto de la fe

Cada 15 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Asunción de la Virgen María, es decir el acontecimiento a través del cual, transcurrido el curso de su vida terrestre, Dios la lleva en cuerpo y alma al Cielo. Es una de las fiestas más antiguas en la historia de la Iglesia, que refleja lo que los cristianos hemos creído desde los orígenes, como consta en numerosas homilías de los santos padres de los primeros siglos: que así como María estuvo íntimamente asociada a la misión de su hijo Jesús en este mundo, Dios quiso que también participara, en cuerpo y alma, de su victoria sobre la muerte y su glorificación en el Cielo, desde donde continúa cooperando con Él en la obra de nuestra salvación. Así, en esta fiesta de la Asunción celebramos la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, confirmada en María y prometida como herencia para nosotros.

La cooperación de la Virgen María con Dios en la obra de nuestra redención queda clara a través de su presencia en los tres momentos más constitutivos de la misma: la Encarnación del Verbo, cuando la segunda persona de la Trinidad asume nuestra naturaleza humana, justamente en el seno de María (Lc 1,26-38); la muerte de Jesús en la Cruz para el perdón de nuestros pecados (Jn 19,25); y cuando el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia naciente, el día de Pentecostés, iniciando así el proceso de nuestra divinización (Hch 1,12-14). Entre un momento y otro, encontramos también en los evangelios algunas referencias más a la Virgen que nos permiten deducir, como escribió san Juan Pablo II, que “ella avanzaba en la peregrinación de la fe y en esta peregrinación suya hasta los pies de la Cruz se ha realizado, al mismo tiempo, su cooperación materna en toda la misión del Salvador mediante sus acciones y sufrimientos” (Redemptoris Mater, 39).

En efecto, si bien María canta las alabanzas del Señor en la casa de su prima Isabel, no podemos olvidar que ella salió embarazada antes de casarse con José, con el sufrimiento que en esa época implicaba ser madre soltera por el riesgo de muerte que se corría. Tampoco podemos soslayar la tristeza que debe haber sentido al tener que dar a luz al Hijo de Dios en un establo; ni su angustia al huir a Egipto para salvar al Niño cuando el rey Herodes lo buscaba para matarlo, o la aflicción que sintió cuando, con apenas doce años de edad, Jesús se les perdió durante tres días en Jerusalén. A través de estos y otros sufrimientos, Dios fue preparando en la fe a María para ser una verdadera discípula de Jesús, y así la veremos después siguiendo a su Hijo durante los tres años de su vida pública, hasta recibirlo en sus brazos, ya muerto, y sentir su corazón atravesado como por una espada, según se lo había profetizado el anciano Simeón (Lc 2,35). Dolor que, sin embargo, no le quitará la esperanza, que se verá saciada tres días después al encontrarse con Jesucristo resucitado y, unos años más tarde, al ser elevada con Él al Cielo, desde donde “precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor” (Lumen Gentium, 68). Que María nos ayude a seguir con fe las huellas de Cristo, hasta llegar también nosotros a la plenitud del Reino de los Cielos.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa