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Al maestro, con cariño

El martes pasado hemos celebrado el Día del Maestro, oportunidad propicia para expresar nuestra gratitud a quienes dedican su vida a la enseñanza en las instituciones educativas de los distintos niveles a las que acuden nuestros niños, adolescentes y jóvenes en todo el Perú. Más de 600.000 profesores que día a día participan activamente en la formación de las nuevas generaciones. A ellos les podemos aplicar las palabras de san Juan Pablo II: “Hermosa es, por tanto, y de suma trascendencia, la vocación de todos los que ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y en nombre de la comunidad humana, desempeñan la función de educar en las escuelas. Esta vocación requiere de dotes especiales de alma y de corazón, una preparación diligentísima y una continua prontitud para renovarse y adaptarse” (Centessimus annus, 56). Cualidades que han quedado de manifiesto, una vez más, ante las necesidades impuestas por la pandemia, para responder a las cuales nuestros maestros, varones y mujeres, no han dudado en adiestrarse en las nuevas tecnologías y trabajar varias horas extras cada día para poder brindar clases de modo virtual, o aquellos otros maestros que llaman por teléfono o van casa por casa en búsqueda de sus alumnos que no pueden conectarse por carecer de acceso a internet o, simplemente, para interesarse por sus avances en el proceso de aprendizaje o por su estado de salud física o mental, por sólo poner algunos ejemplos.

La entrega de nuestros docentes viene siendo, por lo general, ejemplar en este tiempo de pandemia. Esto, sin embargo, no debe ser razón para dejar sólo a su cargo la educación de la nueva generación. La educación es un derecho humano inalienable que deriva de la dignidad de ser persona y exige que responda al fin último para el cual hemos sido creados y a las necesidades concretas de la sociedad, así como al propio carácter, al diferente sexo, a la propia cultura y tradiciones patrias, al mismo tiempo que abierta a las relaciones fraternas con otras personas y pueblos. El proceso educativo debe coadyuvar a que los alumnos desarrollen armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales y, junto con los conocimientos correspondientes a cada grado de estudios, adquieran paulatinamente el sentido de responsabilidad, constancia para superar las dificultades, capacidad de diálogo, espíritu de libertad (no de libertinaje) y deseos de cooperar en la consecución del bien común de la nación (Conc. Vaticano II, GE 1).

La bella y amplia tarea de la educación, entonces, no corresponde sólo a los maestros sino que requiere la sinergia de las diferentes realidades educativas. En primer lugar, la familia, en el seno de la cual los papás y las mamás están llamados a crear un ambiente de hogar animado por el amor, donde los hijos reciban la atención adecuada para su desarrollo humano integral y sean iniciados en las virtudes que hacen posible la vida en comunidad. En segundo lugar, la sociedad civil y el Estado, proveyendo lo necesario para que los padres estén en condiciones de ejercer rectamente la patria potestad, con sus derechos y obligaciones, y la escuela pueda cooperar con ellos en el ámbito que le corresponde.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa