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La fuente de la alegría

Con la solemnidad de Pentecostés, que celebramos este domingo, culmina el tiempo de Pascua que comenzó con la gran vigilia de la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección, en la cual la Iglesia revivió y cantó la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte. Desde entonces han transcurrido cincuenta días y ahora celebramos que, así como cincuenta días después de sacar de Egipto al pueblo de Israel, Dios en el monte Sinaí les dio el Decálogo, que conocemos como los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, cincuenta días después de su resurrección Jesús envió el Espíritu Santo a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios que por entonces nacía compuesto de judíos y gentiles (1Pe 2,10; LG 9). De esta manera, Dios dio cumplimiento a lo que había anunciado algunos siglos antes a través del profeta Jeremías: “pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 31,33), y también había anunciado el mismo Jesucristo varias veces, como por ejemplo cuando en la Última Cena dijo a los discípulos: “el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo” (Jn 15,26) y “cuando venga el Espíritu de la verdad los guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,16), y también cuando en su última aparición después de su resurrección dijo a los apóstoles que serían bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días (Hch 1,4-5).

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, un solo Dios con el Padre y el Hijo. Se le llama también la “Persona Amor” porque es el fruto eterno del amor entre el Padre y el Hijo y, al mismo tiempo, el vínculo que los une (Santo Tomás de Aquino, De Potentia); “es, en cierto sentido, la comunión del Padre y del Hijo…es el Espíritu del Padre y del Hijo” (San Agustín, Sermón 71). Pues bien, ese único y eterno Espíritu Santo es el que la Iglesia recibió en el acontecimiento de Pentecostés que celebramos este domingo. Y al celebrar el memorial de ese acontecimiento, Dios nos envía también a nosotros, en el aquí y ahora de nuestra historia concreta, al mismo Espíritu Santo. De hecho, lo hemos recibido ya el día de nuestro Bautismo y, con mayor plenitud, cuando recibimos la Confirmación. Desciende también sobre nosotros cada día y, de modo privilegiado, cada vez que celebramos la Eucaristía y los demás sacramentos; pero en Pentecostés Dios nos lo envía con la intensidad propia de esta fiesta que nos remonta a los orígenes de la Iglesia.

A través del Espíritu Santo, Dios nos da gratuitamente un corazón nuevo (Ez 36,26) y hace posible que lo amemos a Él sobre todas las cosas y al prójimo como Jesús nos ha amado hasta dar la vida por nosotros. En otras palabras, por medio del Espíritu Santo, la Persona Amor, experimentamos el amor de Dios en lo profundo de nuestro ser y brota, también desde lo profundo de nuestro ser, el amor a Dios y al prójimo. De esta manera, el cristianismo no consiste en cumplir un sinfín de normas que nos vienen impuestas desde afuera, por Dios o por la Iglesia, sino que es un don (Hch 5,31) porque, como dice san Pablo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). ¡El Espíritu Santo es la fuente de la verdadera alegría!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa