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El secreto de la alegría

En su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que celebramos este domingo, el Papa Francisco nos presenta a san José como modelo válido para toda vocación humana. “San José – nos dice el Papa – no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los evangelios no recogen ni una sola palabra suya”. Sin embargo, como Dios no mira la apariencia externa sino el corazón (1Sam 16,7) y encontró en José un corazón capaz de dar y generar vida, lo eligió para ser esposo de la Virgen María y padre putativo de Jesús. De esta manera, mediante el ejercicio de su paternidad puesta al servicio de la persona y la misión de Jesús, el sencillo carpintero del pequeño pueblo de Nazaret pasó a ser ministro de la salvación mediante su cooperación en el misterio de nuestra redención (Juan Pablo II, Redemptoris custos, 8). Cooperación que fue posible al convertir su vocación humana al amor en oblación total de sí mismo al servicio del Mesías y, por tanto, del plan de Dios sobre la humanidad.

La primera característica que encontramos en san José, entonces, es la vocación al amor. Y es la primera característica de toda persona humana: todos hemos sido creados por amor y para el amor. “Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio”, nos dice también Francisco en su mensaje, en el cual además nos recuerda que la lógica del amor es la lógica del servicio y del don de sí mismo; esa “capacidad de amar sin retener nada para sí”, porque “la vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente”. Es lo que nos enseña Jesús en el Evangelio cuando dice que quien intenta guardar su vida, viviendo sólo para sí mismo, termina perdiéndola; en cambio, quien “pierde” su vida viviendo para los demás, la encuentra (Lc 17,33). San José vivió totalmente donado a la Virgen María y a Jesús. Toda su vida estuvo en función de ellos; y así, viviendo para ellos, José encontró su propia vida, el propio sentido de su vida, que trascendió incluso a los años que pasó en este mundo.

Para que esto se diera, nuestro santo tuvo otras dos características: la vigilancia y la fidelidad. Si José no hubiera estado vigilante, atento, a la voluntad de Dios, y/o no le hubiera sido fiel, hubiera pasado por este mundo como uno de tantos que viven de modo superficial, dejándose llevar sólo por sus apetencias e intereses egoístas. San José, en cambio, “medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas…Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones”. La vigilancia de José y su prontitud para hacer la voluntad de Dios se fundan en saber que Dios es fiel y que hacer su voluntad es lo mejor para él. En este tiempo de incertidumbre y temores, la experiencia de san José es una invitación a fundar o refundar nuestras vidas en la fidelidad de Dios, procurando hacer siempre su voluntad. “Esta fidelidad es el secreto de la alegría”, como nos dice el Papa al concluir su citado mensaje.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa