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¡Está aquí!

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! Es la noticia que, llenos de estupor, anuncian los primeros testigos de la resurrección de Jesucristo, aquellos hombres y mujeres a cuyo encuentro fue Él aquel domingo que cambió el curso de la historia. Es la misma noticia que, desde entonces, no ha dejado de transmitirse, de generación en generación durante ya casi dos mil años, y seguirá transmitiéndose hasta que el mismo Jesús vuelva para llevarnos con Él al Cielo; porque la resurrección de Cristo es la prueba de que Dios Padre ha aceptado el sacrificio de su Hijo para el perdón de nuestros pecados y para hacernos partícipes de la bienaventuranza eterna. La resurrección de Cristo es el fundamento de toda la vida cristiana. Sin ella, vana sería nuestra fe, nuestra esperanza no tendría sentido y seríamos “los más desgraciados de toda la humanidad”, enseña san Pablo (1Cor 15,14-19).

La resurrección de Cristo “no es el resultado de una reflexión de un hombre sabio, sino un hecho” y por eso el cristianismo “no es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un acontecimiento…Jesús ha muerto por nuestros pecados, fue sepultado y al tercer día resucitó y se apareció a Pedro y a los Doce” (Papa Francisco, Catequesis, 19.IV.2017). Este es el núcleo del mensaje cristiano: Jesús está vivo y así como se apareció varias veces a los discípulos hasta antes de ascender al Cielo, desde entonces se sigue manifestando a quienes Él llama a ser sus discípulos y misioneros anunciadores de la buena noticia de que la muerte ha sido vencida y que Dios quiere hacer partícipes de su vida inmortal a todos los hombres. Como escribió Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (DCE, 1). El encuentro con Jesucristo resucitado es el acontecimiento que transformó la vida de los primeros discípulos, ha transformado la vida de miles de millones de personas en estos casi dos mil años transcurridos desde entonces y sigue transformando la vida de millones de nuestros contemporáneos.

El cristiano es fruto del amor de Dios. Es el encuentro con el amor de Dios, acogido en medio de nuestros pecados y debilidades, el que poco a poco nos va transformando. Para ello, sin embargo, hace falta tener un corazón capaz de estupor. “Un corazón racionalista es incapaz del estupor, y no puede entender qué es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, y aún más, se encuentra, en el estupor del encuentro” (Papa Francisco, Catequesis, 19.IV.2017). La Semana Santa que concluimos abre el tiempo de Pascua en el que Jesucristo resucitado vendrá a nuestro encuentro como fue al encuentro de los primeros discípulos hace veinte siglos. Estemos atentos a su paso, dejémonos sorprender por Él aun en medio de las dificultades propias de este tiempo de pandemia, y veremos cómo la alegría brota de nuestro corazón al experimentar que está todavía aquí entre nosotros…vivo y resucitado!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa