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De la muerte a la vida

A pocos días de la Semana Santa que culminará con la Pascua, quisiera invitarlos a detenernos un momento en la última parte del Mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma, en la que nos habla de la caridad como ese “impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y suscita el vínculo de la cooperación y la comunión”. La caridad es un don de Dios. Más aun, es el mismo Dios que se nos dona, como dice san Juan: “Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Ese impulso del corazón del que habla el Papa, entonces, proviene de Dios; es el mismo Dios que, así como se ha unido a nosotros en su hijo Jesucristo, nos impulsa desde lo profundo de nuestro ser a hacernos uno con el otro, con el prójimo, quien quiera que sea y cualquiera sea su condición. De ahí que, como también dice Francisco, así como “la caridad se alegra de ver que el otro crece…, sufre cuando el otro está angustiado, solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad”.

Este tiempo de pandemia nos ha demostrado que la caridad no es un mero sentimiento estéril. Seguramente todos hemos sufrido por el COVID-19, y no sólo cuando algún ser querido ha estado hospitalizado o ha muerto por su causa, sino también cuando hemos visto esas escenas desgarradoras de personas clamando por un lugar en el hospital o haciendo largas colas por un poco de oxígeno. Personas que no conocemos pero cuyo sufrimiento ha tocado lo profundo de nuestro ser y ha puesto en movimiento a millones de peruanos para hacer algo por los demás. Esto explica el éxito de todas las campañas que se han hecho y se siguen haciendo para comprar plantas de oxígeno, proveer de alimentos a los hogares más pobres, etc. Es una clara señal de que, aunque los hombres muchas veces nos alejamos de Dios, Él nunca nos abandona y sigue enviándonos el Espíritu Santo, la Persona Amor se le llama en la Teología, para obrar en nosotros y a través nuestro a favor de nuestros hermanos más necesitados.

Estoy convencido de que el Papa Francisco tiene razón cuando dice que “la caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo”, esa “civilización del amor” de la que hablaba san Pablo VI. Los miles de personas, creyentes en Dios o no, que me han abierto su corazón en mis largos años de sacerdote y aun antes, me permiten concluir que el anhelo más profundo de todo ser humano es amar y ser amado, con un amor universal. Y mi experiencia personal y la de muchísima gente que conozco me permite también asegurar que Jesucristo es el único capaz de colmar ese anhelo y dar a nuestra vida la dimensión trascendente que colma todas nuestras expectativas. Por eso, si alguno se ha alejado de Dios y se ha cerrado a su amor, o se da cuenta que no ama lo suficiente, permítame invitarlo a acogerse a Jesucristo que viene a nuestro encuentro en esta Pascua para pasarnos con Él de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad. Como dice, san Juan: “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama, permanece en la muerte” (1Jn 3,14).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa