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Corazón de padre

A pocos días de la Navidad, el Papa Francisco ha publicado la Carta Apostólica titulada “Patris Corde”, que significa “Con corazón de Padre”, dedicada a san José al cumplirse el 150° aniversario de su declaración como patrono de la Iglesia universal por Pío IX. En esta carta, Francisco nos recuerda que “la grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el padre de Jesús”, entregándose así totalmente al plan de salvación de Dios a favor de la humanidad. Misión que no estuvo exenta de problemas, momentos de temor y angustia, en medio de los cuales san José supo confiar en Dios, enseñándonos con su propia vida que “Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, nuestras fragilidades, nuestra debilidad” y que, por tanto, “en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca”, sino más bien confiar en su Divina Providencia.

Muchas veces, dice el Papa, cuando nos ocurren hechos cuyo significado no entendemos o van contra nuestros planes, “nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión”, y “cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos”. San José, en cambio, no se enfada con Dios ni se rebela, sino que se despoja de sus planes y proyectos para obedecer por entero a la voluntad de Dios. No se resigna pasivamente sino que entra en la historia con “valentía creativa”, acoge a María sin condiciones y va afrontando los problemas según se le van presentando. Así también nosotros, sigue diciendo Francisco, podemos acoger aquellos acontecimientos de nuestra historia que no hemos elegido o no alcanzamos a comprender, en la medida en que pongamos nuestra confianza en Dios, seguros de que “siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación” sobre nosotros.

“La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo”, nos dice también el Papa llevándonos así a la esencia de la vida cristiana. En efecto, si por un lado la vida cristiana está tentada a sucumbir ante los engaños del mundo que nos quiere hacer creer que la felicidad está en darnos gusto en todo y evitar el sufrimiento a toda costa, por otro lado está también la tentación de confundir el cristianismo con la búsqueda de un perfeccionismo meramente humano basado en el auto-sacrificio como fin en sí mismo. La esencia de la vida cristiana, en cambio, está en el amor gratuito de Dios para con nosotros, la experiencia del cual nos capacita para también amar nosotros gratuitamente a los demás. Es el agapé cristiano, el amor de donación, que tiene su fuente en Dios Padre que nos ha donado a su Hijo único, Jesucristo, para que hecho hombre cargue con nuestros pecados y, a cambio, nos haga partícipes de su victoria sobre la muerte y de su propia vida divina. Es el misterio que celebramos en Navidad. Acojamos, pues, al Niño Dios en estas fiestas y pidámosle que, así como José se donó a María y a Jesús, nos conceda la gracia de donarnos a los demás, sin exclusiones, especialmente a los más débiles y necesitados del amor de Dios.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa