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¡Alégrense!

La tercera semana del tiempo de Adviento comienza con el domingo denominado “gaudete”, que en castellano significa “regocíjense”, en el cual la Iglesia nos invita a alegrarnos ante la cercanía de la Navidad. Podría parecer una invitación inoportuna en medio de la pandemia que ha ocasionado tantas muertes, pérdidas de trabajo y dificultades de toda índole. Pandemia que todavía no termina y, por tanto, nos obliga a seguir cuidándonos y nos impedirá celebrar la Navidad con esos encuentros familiares a los que estamos habituados en estas fiestas. Tiempo difícil, sin duda, pero justamente por eso tiempo en el que tenemos más necesidad de recobrar la esperanza, no entendida como un mero optimismo derivado de posibles circunstancias o proyecciones humanas, sino la esperanza cristiana que nos viene de ese Niño que nace en Belén para hacernos presente el amor de Dios que, en Cristo resucitado, nos quiere hacer partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte. Como hace unos meses dijo el Papa Francisco: “Es la esperanza de un tiempo mejor, en el que también nosotros podamos ser mejores, finalmente liberados del mal y de esta pandemia. Es una esperanza que no defrauda; no es una ilusión, es una esperanza” (Video mensaje por la Semana Santa 2020).

“Estén siempre alegres”, nos dice san Pablo y nos explica la razón: “El Señor está cerca” (1Tes 5.16; Fil 4,4-5). Es la alegría a la que nos invita la Iglesia, en esta tercera semana del Adviento, ante la proximidad de la Navidad. Alegría a la que se refiere el Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii gaudium”, publicada al inicio de su pontificado, cuando dice: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG, 1). Como también escribió Benedicto XVI, el encuentro con Jesucristo es un acontecimiento “que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE, 1). La Navidad no es el mero recuerdo de un hecho sucedido hace dos mil años. Cada Navidad es un acontecimiento en el que el mismo Jesús viene a buscarnos nuevamente, para “vendar los corazones desgarrados” (Is 61,1) y llenarnos del gozo del Espíritu Santo, aun en medio de las circunstancias que estemos atravesando (Gal 5,22; Lc 10,21).

Sería lamentable que dejemos pasar la Navidad sin encontrarnos con Jesús. Para que no nos suceda eso, necesitamos prepararnos. No nos vaya a suceder que, por el trajín de los días previos a las fiestas o por buscar sólo un poco de diversión pasajera, no lo reconozcamos, lo dejemos pasar de largo y nos quedemos sin el gran regalo que Dios nos quiere dar. De ahí la importancia de que en estos días dediquemos algunos momentos a meditar sobre el misterio de amor que celebraremos en la Navidad, pero que también salgamos al encuentro de Jesús que está presente en los pobres y en aquellos que necesitan de nuestra ayuda material, nuestra cercanía o nuestro consuelo.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa