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Tiempo de espera

El domingo pasado comenzamos el Adviento, tiempo en el que los cristianos nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús y para acogerlo como nuestro Salvador. El Adviento está dividido en dos partes. La primera nos recuerda la parusía del Señor, o sea su segunda venida, y nos invita a levantar los ojos hacia Jesús que vuelve. Es el mismo Hijo de Dios que hace más de dos mil años se encarnó y se hizo hombre en el seno de la Virgen María, resucitó de la muerte, subió al Cielo y regresará para juzgar a vivos y muertos y llevar a plenitud su Reino. La primera etapa del tiempo de Adviento, entonces, tiene por finalidad recordarnos que Jesús volverá en su gloria para llevar al Cielo a aquellos que estén dispuestos a ir con Él y que lo ponen de manifiesto tratando de ajustar su vida cotidiana al Evangelio que nos dejó como legado.

Vivir así la primera parte del Adviento nos lleva a examinar cómo nos estamos conduciendo en este mundo. Y si somos sinceros llegaremos a la conclusión de que nuestros buenos propósitos y nuestras solas fuerzas no son suficientes para alcanzar la salvación eterna. Si, sin defendernos ni tratar de autojustificarnos, nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios, veremos que todavía tenemos muchos pecados. Reconocerlo nos dispone a celebrar bien la segunda parte del Adviento, porque brota en nosotros el deseo, o hasta la necesidad, de que Jesús venga a salvarnos. De esta manera, el Adviento nos prepara para que en la Navidad acojamos a Dios que se hace hombre para cargar con nuestros pecados y, a través de su propia carne, clavarlos en la Cruz y darnos a cambio su Espíritu Santo que hace posible que vivamos conforme al Evangelio, capacitándonos para pasar de una vida egoísta a una vida de gracia y buenas obras.

El pecado nos impide ser felices, porque nos quita la vida divina, nos carcome por dentro, nos cierra al amor y nos deja en la cárcel de nuestro yo. En este contexto, si vivimos bien el tiempo de Adviento, tomamos conciencia de la importancia de que Jesús venga en esta Navidad a salvarnos del pecado para que, como dice el apóstol san Pedro, cuando regrese en su segunda venida “nos encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables” (2Pe 3,14) y, como Buen Pastor, nos ponga sobre sus hombros y nos lleve al Reino de los Cielos para el cual nos creó y donde quiere que vivamos con Dios, la Virgen María y todos los santos por toda la eternidad.

Ante el riesgo de que no vivamos bien el Adviento sino que nos dejemos distraer demasiado pensando en los aspectos meramente materiales y pasajeros de la Navidad, como por ejemplo los regalos o ciertos compromisos, hace un par de años el Papa Francisco nos recordó que “el Adviento es el momento de acoger al Señor que viene a reunirse con nosotros, mirar hacia el futuro y prepararse para el regreso de Cristo” (Angelus, 2.XII.2018); y, en la misma línea, el año pasado nos deseó que “la espera del Salvador llene vuestros corazones de esperanza y os encuentre alegres en el servicio de los más necesitados” (Audiencia, 27.XI.2019).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa