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Jornada Mundial de los Pobres

Muchas personas en el mundo ven a los pobres como una carga y a los débiles como una vergüenza. Los más necesitados les incomodan y procuran evitarlos. En algunos casos, incluso, eliminarlos, como a los niños por nacer, los enfermos en estado terminal o los ancianos que, según esa mentalidad mundana, ya no tienen nada que aportar y sólo significan un costo para la familia o el Estado. Entonces inventan excusas. A aquellos que pasan por necesidad material los llaman vagos o simplemente los ignoran. Y para deshacerse de los otros inventan eufemismos como “interrupción del embarazo” o “muerte digna”, en lugar de “asesinato de personas indefensas”. Quienes así obran están muy lejos de las palabras que desde antiguo Dios dio al pueblo de Israel y, a través suyo, a toda la humanidad: “Abre tu mano a tu hermano, el indigente, al pobre de tu tierra” (Dt 15,11). Se cumple en ellos lo escrito por el apóstol san Juan: “si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17).

La pobreza y los pobres son y serán siempre una realidad que nos incumbe. Ya lo dijo Jesús: “A los pobres los tendrán siempre con ustedes” (Mc 14,7; Mt 26,11). Sin embargo, como ha escrito el Papa Francisco: “Cuando un sector de la sociedad pretende disfrutar de todo lo que ofrece el mundo, como si los pobres no existieran, eso en algún momento tiene sus consecuencias” (Fratelli tutti, 219). La cuestión, entonces, no es descartar a los pobres ni desentendernos de quienes nos necesitan, sino hacernos cargo de esa realidad, para ayudarnos a lo cual el mismo Papa instituyó en el año 2017 la Jornada Mundial de los Pobres, cuya cuarta edición celebramos este domingo. Esta Jornada nos recuerda que nuestra primera tarea es unir esfuerzos para que cada vez haya menos pobres y excluidos de la sociedad, porque como nos dice Francisco en su mensaje para esta Jornada: “No podemos sentirnos bien cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra” (n. 4). En cambio, “tender la mano hace descubrir, en primer lugar a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida” (n. 5).

Este tiempo de pandemia, sobre todo en sus momentos más críticos, nos ha hecho ver muchas manos tendidas. Los que han obrado así, compartiendo su tiempo, sus bienes y talentos, habrán experimentado al menos algo de lo que también nos dice el Papa en su mismo mensaje: “La generosidad que sostiene al débil, consuela al afligido, alivia los sufrimientos, devuelve la dignidad a los privados de ella, es una condición para una vida plenamente humana” (n. 3). Es lo que hizo Jesús: “el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza” (2Cor 8,9). Jesucristo, con su muerte y resurrección por amor a nosotros, nos capacita para que también nosotros podamos amar a los demás. Esta debe ser la finalidad de nuestras acciones y nada debe distraernos de ella. “Este amor es compartir, es dedicación y servicio” (n. 10).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa