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¿Iglesia homofóbica?

Hay quienes acusan a la Iglesia de ser homofóbica porque no está de acuerdo con que las uniones entre personas del mismo sexo se equiparen al matrimonio. Pero una cosa es no estar de acuerdo con el llamado “matrimonio igualitario” o “matrimonio gay” y otra cosa es estar en contra de los homosexuales o, peor aún, condenarlos. La Iglesia no sólo no lo hace sino que, por el contrario, sostiene y enseña claramente que todas las personas, homosexuales o heterosexuales, tenemos la misma dignidad y estamos igualmente llamados a formar parte de ella y alcanzar la santidad.

Así, por ejemplo, ya en el año 1975, o sea hace 45 años, siendo Papa san Pablo VI, la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió la “Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual”, que a la letra dice que «las personas homosexuales deben ser acogidas en la acción pastoral con comprensión y ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales» (n. 8), porque la Iglesia sabe muy bien que muchas veces estas personas tienen sus propias dificultades, como los heterosexuales tenemos las nuestras. Del mismo modo, en el año 1986, siendo Papa san Juan Pablo II, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida entonces por el cardenal Ratzinger, posteriormente Papa Benedicto XVI, en su “Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales” dijo que la atracción que una persona pueda sentir hacia otras de su mismo sexo no es en sí pecado y que quienes se encuentran en esa situación “deben ser objeto de una particular solicitud pastoral” (n. 3), es decir todo lo contrario al rechazo o la marginación. Aun más, el mismo documento de hace 34 años afirma que: “Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas”, porque “la dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, las acciones y las legislaciones” (n. 10).

También con la colaboración del cardenal Ratzinger, así como de muchos obispos y teólogos de todo el mundo, en el año 1992 san Juan Pablo II publicó el Catecismo de la Iglesia Católica, en el cual podemos leer que las personas que presentan tendencias homosexuales deben ser acogidas en la Iglesia “con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”; y añade que estas personas, al igual que las heterosexuales, “están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida” y, valiéndose de los medios correspondientes, “pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (nn. 2358 – 2359). De ahí que, quienes conocemos el Magisterio de la Iglesia, no entendimos por qué se hizo tanto alboroto cuando el Papa Francisco, en una rueda de prensa en el año 2013, dijo: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad ¿quién soy yo para condenarla?”. No sólo seguía la enseñanza de la Iglesia, sino la del mismo Jesús que nos dice: “no juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados” (Lc 6,37).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa