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Arequipa: pasado, presente y futuro

Este 15 de agosto conmemoramos el 480° aniversario de la fundación de la Villa Hermosa de Nuestra Señora de la Asunción. Los poco más de doscientos de solares que ese día del año 1540 fueron repartidos entre otras tantas familias, han ido aumentando y sus habitantes multiplicándose hasta convertirse en nuestra gran Arequipa que tanto ha aportado a la vida del Perú a nivel político, social, cultural, económico y religioso. No en vano se le han dado los títulos de “noble y leal”, “capital jurídica del Perú”, “ciudad caudillo” y “Roma de América”, entre otros. Como hace unos años escribió el Dr. Eusebio Quiroz Paz Soldán, nuestra identidad local “hace que los arequipeños no sólo amemos nuestra tierra, sino que sintamos un legítimo orgullo de ser hijos de esta ciudad que tanta prestancia ha dado al Perú como ciudad representativa de la República…es la conciencia de lo que es nuestra ciudad, de los valores que encierra, de lo que ha creado culturalmente” (En torno a mi ciudad: Arequipa, pág. 72).

La pandemia del COVID-19 ha puesto de manifiesto, una vez más, esos grandes valores de amor cristiano, solidaridad y resiliencia que siempre han caracterizado a los arequipeños, como puede verse en las numerosas iniciativas surgidas en la sociedad para afrontar la crisis originada por este coronavirus y ayudar a los más afectados. Al mismo tiempo, sin embargo, ha hecho públicamente visibles algunas deficiencias que venimos acumulando a lo largo de las últimas décadas y que sólo las conocían bien quienes ya las padecían en carne propia. El espacio sólo me permite mencionar dos. Por un lado, la debilidad de nuestro aparato estatal que, en sus distintos niveles y pese a la buena voluntad de algunos de sus funcionarios, resulta del todo ineficaz para responder a las necesidades de la población. La lentitud paquidérmica del sistema de salud es sólo una muestra, si bien dramática ahora, de ello. Por otro lado, la pandemia también ha puesto de manifiesto las brechas existentes entre diversos sectores de la población, que afectan más a quienes han llegado a la ciudad como producto del movimiento migratorio que se viene dando desde la segunda mitad del siglo pasado. Miles de familias que no han sido debidamente integradas en la sociedad arequipeña.

Ahora bien, como toda crisis trae consigo una oportunidad, podríamos aprovechar la crisis actual para comenzar a pensar y trabajar juntos en la Arequipa que queremos para el quinto centenario de nuestra fundación, que se cumplirá dentro de apenas veinte años. Eso significa preparar el futuro, pero también prepararnos para que el futuro no sea un regreso al pasado sino una nueva etapa de nuestra historia que nos lleve a un desarrollo humano integral, sostenido y sostenible, que se podrá alcanzar en la medida en que pongamos en el centro a Dios y al hombre en su complementariedad de varón y mujer, renunciando a la idolatría del dinero, propiciando un diálogo inclusivo y renovando la clase política, de modo que dejándose de lado intereses personales y fanatismos ideológicos se tenga como único fin el bien común, es decir el bien de todos y de cada uno.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa