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La cultura del cuidado

El año 2020 ha estado marcado por el sufrimiento a nivel mundial y de modo particularmente intenso en nuestro Perú. La pandemia del COVID-19 ha ocasionado la muerte de varias decenas de miles de compatriotas, con el consiguiente sufrimiento para ellos, sus familiares y amigos, que se une al sufrimiento de los millones de peruanos que perdieron su puesto de trabajo y de las familias que se mantenían con esos ingresos. Estas crisis, sanitaria y económica, se vieron agravadas por la crisis política y, al final del año, las manifestaciones de crisis social. Todo acompañado de actos de corrupción en los distintos niveles, incluidos aquellos cometidos en torno a elementos que eran imprescindibles para paliar la pandemia: oxígeno, alimentos, equipos de protección personal. Al mismo tiempo, sin embargo, en el año 2020 hemos sido testigos de la grandeza que habita en el corazón humano: millones de personas no dudaron en poner en riesgo su vida para salvar la de otros en los centros de salud o para evitar que el país quede paralizado por falta de alimentos, medicinas, transporte, seguridad y servicios básicos; otros millones que no dudaron en compartir sus bienes materiales con los más necesitados y muchísimos que se dedicaron a brindar asistencia espiritual, entre otros.

Desde esa perspectiva, lo sucedido en el 2020 nos enseña la importancia de que, al comenzar este nuevo año, nos propongamos construir una sociedad más justa y fraterna, y al mismo tiempo nos demuestra que somos capaces de hacerlo. Por eso, en su Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, celebrada este 1 de enero, el Papa Francisco nos ha invitado a construir una “cultura del cuidado”, teniendo como fuente a Dios que como buen Padre custodia y sostiene toda la creación (n. 3), y a Jesucristo que “selló su cuidado hacia nosotros ofreciéndose a sí mismo en la cruz y liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte”, abriendo de ese modo el camino del amor (n. 5).

Esta nueva “cultura del cuidado” debe partir de reconocer la dignidad inviolable de la persona humana y, como sociedad, aspirar al bien común, es decir “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” (n. 6). Ello requiere ver al otro “no como una estadística, o un medio para ser explotado y luego desechado cuando ya no es útil, sino como nuestro prójimo, compañero de camino”, siendo solidarios con todos, especialmente con los más pobres y necesitados (n. 6).

Ahora bien, una “cultura del cuidado” no se forja de un día para otro sino que implica todo un proceso que debe comenzar en la familia, aprendiendo “a vivir en relación y respeto mutuo”, y continuar en las instituciones educativas de los distintos niveles, ya que “la educación constituye uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad” (n. 8). Rol fundamental también están llamados a cumplir los medios de comunicación social, las religiones y los organismos de los distintos niveles, desde aquellos locales hasta los internacionales (n. 8). La tarea parece ardua, pero podemos realizarla en la medida en que cada uno ponga su granito de arena. ¡Año nuevo, vida nueva!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa