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Los frutos de la ancianidad

«En la vejez seguirán dando fruto» (Sal 92,15). En su mensaje para la II Jornada Mundial de los Abuelos y Personas Mayores, que celebramos este domingo, el Papa Francisco dice que esta frase bíblica va a contracorriente tanto de lo que el mundo piensa de esta etapa de la vida como de la resignación o falta de esperanza con las que algunas personas viven la ancianidad. La «cultura del descarte», como también la llama Francisco, va globalizando una mentalidad según la cual cuando llegamos a cierta edad las personas no tendríamos nada que aportar a los demás, sino que, por el contrario, nos vamos volviendo una carga para todos. Escribe el Papa: «La ancianidad a muchos les da miedo. La consideran una especie de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto». Y sin embargo, sigue diciendo, «una larga vida es una bendición, y los ancianos no son parias de los que hay que tomar distancia sino signos vivientes de la bondad de Dios».

Es cierto que en la medida en que vamos entrando en la ancianidad pueden surgir situaciones que nos resulten difíciles de entender. Especialmente si nos hemos acostumbrado a vivir en nuestras solas fuerzas y a creernos autónomos y omnipotentes, el fin de la actividad laboral, la experiencia del “nido vacío” cuando los hijos se van de casa, la disminución de las energías y, muchas veces, el abandono por parte de la sociedad y el Estado, pueden opacarnos el horizonte y cancelar toda esperanza. En cambio, en la medida en que a lo largo de nuestra vida vayamos aprendiendo a vivir apoyados en el Señor y a confiar en Él, «descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición!», nos dice el Papa con sus casi 86 años de edad.

Es mucho lo que las personas mayores podemos hacer y aportar a la familia y la comunidad. Lo limitado del espacio impide presentarles la larga lista de todo lo que me viene en mente, pero quisiera destacar al menos algunas de las posibilidades mencionadas por el Papa en su mensaje. La primera es aprovechar el tiempo que a partir de cierta edad nos va quedando libre, para fortalecer nuestra relación con Dios «cultivando nuestra vida interior por medio de la lectura asidua de la Palabra de Dios, la oración cotidiana, la práctica de los sacramentos y la participación en la liturgia». La segunda es fortalecer nuestras relaciones con los demás: colaborar con los hijos, aunque sin querer manejar su vida, ayudarles en la educación y, sobre todo, en la transmisión de la fe a los nietos, y en la medida de nuestras fuerzas participar en algún grupo parroquial o iniciativa de voluntariado a favor de personas necesitadas. ¡Hacer el bien a los demás, siempre nos hace bien! La tercera es aportar nuestro cariño, en todo y a todos, porque por lo general en la medida en que nos vamos adentrando en la ancianidad nuestro corazón se va haciendo más tierno. ¡Cuánto amor podemos dar a este mundo que lo necesita tanto! Estoy convencido de que, si obramos así, descubriremos que, como también dijo el Papa Francisco hace unos meses: «Ser ancianos es tan importante y hermoso como ser jóvenes» (Catequesis, 23.II.2022).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa